sábado, 8 de septiembre de 2012

POR QUE LAS UNIVERSIDADES DEBEN SER AUTÓNOMAS


A propósito de la AUTONOMÍA UNIVERSITARIA, cito a continuación algunos párrafos de “La Universidad en un mundo de tensiones” de Risieri Frondisi. Un libro que se editó por primera vez en 1971 en el que podemos acercarnos  a aquella tradición reformista que vale la pena recuperar:
La autonomía en la universidad consiste “en la capacidad de darse su propia ley, regir su comportamiento por normas que la misma institución determina. (...) Es, a nuestro juicio, el derecho de la universidad a regirse por las normas que ella misma se impone y a disponer de los fondos sin intervención extraña. Abarca tres aspectos: docentes, de gobierno y financiero”.
¿Si la la autonomía es un derecho que obligaciones instituye?
“La universidad debe ser autónoma, pero no irresponsable. La autonomía no es un privilegio que se le otorga, sino un derecho que crea una obligación. Se le concede una libertad que tienen pocas instituciones dentro del Estado, para que cumpla con su deber: ponerse al servicio de los intereses permanentes de la Nación y realizar las tareas que justifiquen su mantenimiento”
Y agrega: “si utiliza su autonomía para satisfacer mezquinas vanidades intelectuales o pierde tiempo en disputas y conflictos interminables que desangran a la institución y le impiden cumplir con sus misiones específicas, la universidad no merece autonomía. De ahí que no se la defienda tan sólo cuando se lucha contra el reaccionarismo; se la defiende en igual medida en las aulas, laboratorios y bibliotecas, en el esfuerzo cotidiano que permite formar profesionales capaces de solucionar los graves males que padece el país. La autonomía y la responsabilidad están íntimamente unidas pues representan las dos caras de la libertad. La autonomía es la libertad negativa -libre de injerencias extrañas-; la responsabilidad la libertad positiva: libre para realizar una tarea. No tiene sentido reclamar la primera sin la segunda. Una institución no puede pretender libertad para no hacer nada, para dejar de cumplir con su deber”.
Al calor de la intervención en las universidades que había implementado la dictadura de Onganía escribe: “la autonomía es imprescindible si la universidad ha de cumplir plenamente sus misiones específicas. Los factores que la menoscaban, por ser de orden extrauniversitario, perturban el funcionamiento normal de la institución. (...) En la mayoría de los países de nuestra América, la autonomía está hoy violada o amenazada. Lo común es que el cercenamiento no se deba a un trastorno o conflicto universitario sino a un hecho de orden político nacional. La universidad no se puede sustraer a las vicisitudes de la cambiante política del país y es una de las primeras víctimas cuando se impone una dictadura, porque la universidad representa y ejerce la libertad de pensamiento. Siempre luchó y luchará por la libertad y la justicia social. Las dictaduras lo saben y al asestar el golpe contra la universidad se proponen eliminar un frente de rebeldía al que califican de ‘foco de rebelión y desorden’. (...) La gran diferencia entre lo que ocurre ahora y lo que sucedía en centurias pasadas, radica en que antes el principio de la autonomía y de la libertad académica no había podido recortar aún su figura intelectual y jurídica. Hoy todo el mundo tiene plena conciencia de la validez de ese principio; aún quien lo viola necesita justificarse ante sí mismo y buscar una excusa que respalde su arbitrariedad. En otras palabras, antes no existía el principio; ahora existe y se lo viola”
Sobre por qué las universidades deben darse sus propias normas (autonomía): “Junto a las causas cabe indicar los motivos que se invocan comúnmente para justificar restricciones y avasallamientos. El motivo más frecuente es el supuesto ‘desorden que reina en las universidades’. Es menester analizar este problema, porque ha confundido a mucha gente. El orden es muy importante en la universidad y fuera de ella. Cualquier actividad continuada en la vida exige un mínimo de orden. Pero el orden es un valor de muy baja jerarquía. Es valor instrumental que debe estar al servicio de la actividad que se desarrolla. Cada actividad exige un tipo de orden distinto. El orden -¿o desorden?- que advertimos en la mesa de trabajo de un estudioso no puede ser el mismo que se encuentra en una librería. (...) La universidad parece desordenada a quien pretende transferirle el orden propio de instituciones que desempeñan funciones muy distintas. La obediencia ciega tiene sentido en un cuartel, pero no en la universidad. Un orden que se apoye en la simple obediencia carece en ella totalmente de sentido. La labor de investigación científica, de creación científica, de creación humanística, de enseñanza de cualquiera de las disciplinas, no se basa ni en la obediencia ni en el orden externo. La discrepancia, la duda, la insatisfacción, el espíritu crítico, dan nuevo vigor a la labor científica. La creación artística y humanística suponen la ruptura de lo aceptado, de las formas admitidas, del orden establecido. A su vez, la enseñanza no se puede basar en la obediencia sino en el respeto interior, profundo. La autoridad por sí misma no tiene valor pedagógico”. 
Sobre el derecho y la obligación a la crítica, escribía: “Educar es enseñar a poner en duda las verdades admitidas, someter todo a dura crítica, aceptar sólo lo que ha pasado por el tamiz de la razón y de la experiencia. Si el estudiante recibe esa enseñanza -que es la que debe recibir- es natural que aplique el mismo criterio a las ideas y creencias de su época, a las normas morales aceptadas, a las formas de organización política, económica y social. Entiéndase bien: la universidad y los profesores y estudiantes que la forman, no tienen sólo el derecho a adoptar una actitud crítica frente a las ideas y creencias de su época; tienen la obligación. Si no lo hacen, no cumplen con una misión fundamental. (...) Un orden rutinario, basado en la mera tradición, no tiene cabida en la universidad ni en la mente de una persona que cuente propia”.

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