A propósito de
la AUTONOMÍA UNIVERSITARIA, cito a continuación algunos párrafos de “La
Universidad en un mundo de tensiones” de Risieri Frondisi. Un libro
que se editó por primera vez en 1971 en el que podemos acercarnos a
aquella tradición reformista que vale la pena recuperar:
La autonomía en
la universidad consiste “en la capacidad de darse su propia ley, regir su
comportamiento por normas que la misma institución determina. (...) Es, a
nuestro juicio, el derecho de la universidad a regirse por las normas que ella
misma se impone y a disponer de los fondos sin intervención extraña. Abarca tres
aspectos: docentes, de gobierno y financiero”.
¿Si la la
autonomía es un derecho que obligaciones instituye?
“La universidad debe ser autónoma, pero no
irresponsable. La autonomía no es un privilegio que se le otorga, sino un
derecho que crea una obligación. Se le concede una libertad que tienen pocas
instituciones dentro del Estado, para que cumpla con su deber: ponerse al
servicio de los intereses permanentes de la Nación y realizar las tareas que
justifiquen su mantenimiento”
Y agrega: “si utiliza su autonomía para satisfacer mezquinas vanidades
intelectuales o pierde tiempo en disputas y conflictos interminables que
desangran a la institución y le impiden cumplir con sus misiones específicas,
la universidad no merece autonomía. De ahí que no se la defienda tan sólo
cuando se lucha contra el reaccionarismo; se la defiende en igual medida en las
aulas, laboratorios y bibliotecas, en el esfuerzo cotidiano que permite formar
profesionales capaces de solucionar los graves males que padece el país. La
autonomía y la responsabilidad están íntimamente unidas pues representan las
dos caras de la libertad. La autonomía es la libertad negativa -libre de
injerencias extrañas-; la responsabilidad la libertad positiva: libre para
realizar una tarea. No tiene sentido reclamar la primera sin la segunda. Una
institución no puede pretender libertad para no hacer nada, para dejar de
cumplir con su deber”.
Al calor de la
intervención en las universidades que había implementado la dictadura de
Onganía escribe: “la autonomía es imprescindible si la universidad ha de
cumplir plenamente sus misiones específicas. Los factores que la menoscaban,
por ser de orden extrauniversitario, perturban el funcionamiento normal de la
institución. (...) En la mayoría de los países de nuestra América, la autonomía
está hoy violada o amenazada. Lo común es que el cercenamiento no se deba a un
trastorno o conflicto universitario sino a un hecho de orden político nacional.
La universidad no se puede sustraer a las vicisitudes de la cambiante política
del país y es una de las primeras víctimas cuando se impone una dictadura,
porque la universidad representa y ejerce la libertad de pensamiento. Siempre
luchó y luchará por la libertad y la justicia social. Las dictaduras lo saben y al asestar el golpe contra la
universidad se proponen eliminar un frente de rebeldía al que califican de
‘foco de rebelión y desorden’. (...) La gran diferencia entre lo que ocurre
ahora y lo que sucedía en centurias pasadas, radica en que antes el principio
de la autonomía y de la libertad académica no había podido recortar aún su
figura intelectual y jurídica. Hoy todo el mundo tiene plena conciencia de la
validez de ese principio; aún quien lo viola necesita justificarse ante sí
mismo y buscar una excusa que respalde su arbitrariedad. En otras palabras,
antes no existía el principio; ahora existe y se lo viola”
Sobre por qué
las universidades deben darse sus propias normas (autonomía): “Junto a las causas cabe indicar los motivos
que se invocan comúnmente para justificar restricciones y avasallamientos. El
motivo más frecuente es el supuesto ‘desorden que reina en las universidades’.
Es menester analizar este problema, porque ha confundido a mucha gente. El
orden es muy importante en la universidad y fuera de ella. Cualquier actividad
continuada en la vida exige un mínimo de orden. Pero el orden es un valor de
muy baja jerarquía. Es valor instrumental que debe estar al servicio de la
actividad que se desarrolla. Cada actividad exige un tipo de orden distinto. El
orden -¿o desorden?- que advertimos en la mesa de trabajo de un estudioso no
puede ser el mismo que se encuentra en una librería. (...) La universidad
parece desordenada a quien pretende transferirle el orden propio de
instituciones que desempeñan funciones muy distintas. La obediencia ciega tiene
sentido en un cuartel, pero no en la universidad. Un orden que se apoye en la
simple obediencia carece en ella totalmente de sentido. La labor de
investigación científica, de creación científica, de creación humanística, de
enseñanza de cualquiera de las disciplinas, no se basa ni en la obediencia ni
en el orden externo. La discrepancia, la duda, la insatisfacción, el espíritu
crítico, dan nuevo vigor a la labor científica. La creación artística y
humanística suponen la ruptura de lo aceptado, de las formas admitidas, del
orden establecido. A su vez, la enseñanza no se puede basar en la obediencia
sino en el respeto interior, profundo. La autoridad por sí misma no tiene valor
pedagógico”.
Sobre el derecho
y la obligación a la crítica, escribía: “Educar
es enseñar a poner en duda las verdades admitidas, someter todo a dura crítica,
aceptar sólo lo que ha pasado por el tamiz de la razón y de la experiencia. Si
el estudiante recibe esa enseñanza -que es la que debe recibir- es natural que
aplique el mismo criterio a las ideas y creencias de su época, a las normas
morales aceptadas, a las formas de organización política, económica y social.
Entiéndase bien: la universidad y los profesores y estudiantes que la forman,
no tienen sólo el derecho a adoptar una actitud crítica frente a las ideas y
creencias de su época; tienen la obligación. Si no lo hacen, no cumplen con una
misión fundamental. (...) Un orden rutinario, basado en la mera tradición, no
tiene cabida en la universidad ni en la mente de una persona que cuente
propia”.
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